RSS

Archivo de la categoría: Escritos de Maria Valtorta

María Valtorta. El Evangelio como me ha sido revelado. “La pesca milagrosa”.

65. La pesca milagrosa y la elección de los primeros cuatro apóstoles.

10 de noviembre de 1944.

 

1Y continúa. Jesús está hablando:

«Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento:

"Obtendré mucho fruto", y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino. Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, – al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos – se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

 

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor. Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios. Yo os lo advierto, porque sé las cosas. Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo – más que enfermo, muerto -, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

 

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: "El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!". ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol. Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo: "Amad a Dios y al prójimo"; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona».

 

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.

 

2Jesús dice a Simón: «Llama a los otros dos. Vamos a adentrarnos en el lago para echar la red».

«Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde».

«Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama».

«Haré lo que dices por respeto a tu palabra» y llama con fuerza a los peones, y a

Santiago y a Juan. «Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere». Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús: «Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…». Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

 

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto. «¡Esto son peces, Maestro!» dice Pedro con los ojos como platos.

Jesús sonríe y calla.

«¡Eúp! ¡Eúp!» dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red. «¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!».

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte. Entonces no hay más que una solución: volear el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación. «¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortiguar el choque! ¡Demasiado peso!».

 

3Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación. «¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!». Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

 

Jesús le mira y sonríe: «¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!». «Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadle todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección».

 

Y tiene fin la visión.

Anuncios
 
1 comentario

Publicado por en 11 mayo, 2011 en Escritos de Maria Valtorta

 

Etiquetas: , , , ,

Reflexión del domingo día 9 de enero de 2011.

Extraído de: Maria Valtorta: El Evangelio como me ha sido revelado. Primer Volumen.

[…] Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Se vuelve y
detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de
púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo
apoyándose en el tronco de un árbol.

Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce;
Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son
antitéticos. Altos los dos – es el único parecido -, son muy distintos en todo lo demás.

Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules,
atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama: «He aquí el Cordero de
Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?». Jesús responde lleno de paz: «Para cumplir el rito de penitencia». «Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?». Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: «Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo».

Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí
Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de
pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su
cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del
porte, en la mansedumbre de la mirada.

 

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le
señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios
le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. […]

Imagen: Battesimo di Cristo, de Pietro Perugino .Vaticano-Cappella Sistina

 

“Mi madre amó desde que fue concebida”.

5Dice Jesús:

[…]

¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!… Cuando, de un más vivo latido del trino Amor, surgió esta chispa vital, se regocijaron los ángeles, pues luz más viva nun-ca había visto Paraíso. Como pétalo de empírica rosa, pétalo inmaterial y preciado, gema y llama, aliento de Dios que descendía a animar a una carne de forma muy distinta que a las otras, con un fuego tan vivo que la Culpa no pudo contaminarla, traspasó los espacios y se cerró en un seno santo.

La tierra tenía su Flor y aún no lo sabía. La verdadera, única Flor que florece eterna: azu-cena y rosa, violeta y jazmín, helianto y ciclamino sintetizados, y con ellas todas las flores de la tierra fusionadas en una Flor sola, María, en la cual toda virtud y gracia se unen.

En abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin embargo, aún ignorábase la más bella Rosa. Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó desde que fue con-cebida, mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena las eras y el olfato, Ella sonreiría, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con su superinocente sonrisa: “Mirad: la Vid que os va a dar el Racimo para ser prensado y ser Medicina eterna para vuestro mal está entre vosotros”.

He dicho que María amó desde que fue concebida. ¿Qué es lo que da al espíritu luz y conocimiento? El pecado original y el pecado mortal. María, la Sin Mancha, nunca se vio privada del recuerdo de Dios, de su cercanía, de su amor, de su luz, de su sabiduría. Ella pudo por ello comprender y amar cuando no era más que una carne que se condensaba en torno a una alma inmaculada que continuaba amando. […]

Revelación de Jesús a Maria Valtorta extraído del libro Maria Valtorta. El evangelio como me ha sido revelado. Volumen Primero. Centro Editorial Valtortiano.

 
1 comentario

Publicado por en 28 diciembre, 2010 en Escritos de Maria Valtorta