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¿Quién fue en realidad la protagonista de la película ‘Camino’?

28 May

Por Pepe Álvarez de las Asturias par la revista ALBA.

Cuando el director Pedro Delgado tuvo que visionar Camino, obligado por su profesión, experimentó dos sensaciones opuestas. Al principio, reconoce, la película de Javier Fesser le enganchó y emocionó; pero según pasaban los minutos comenzó a sospechar que la historia que estaba detrás había sido manipulada. Esa Navidad llegó a sus manos un libro sobre la verdadera protagonista, Alexia González-Barros, en procesos de beatificación. Lo leyó de un tirón y comprendió que su vida era mucho más atrayente, esperanzadora y luminosa que la visión tétrica y tramposa de Camino. En ese momento, decidió que había que contar la verdad.

 

Es propio de mentes estrechas negar, e incluso atacar, lo que no comprenden. En efecto, la mente de Javier Fesser no puede llegar a entender que una adolescente enferma de sarcoma sí pueda creer en Dios y entregarse a Él como lo hizo Alexia; o que aceptara su sufrimiento con tanta entereza y alegría, y con una fe capaz de transformar la vida de quienes la rodeaban (“todos los días el capellán me traía la Comunión, que tanto me conforta”, escribió a sus amigas del colegio); o que su familia supiera ver en el dolor infinito de una hija, de una hermana, la infinita esperanza de una vida más allá de ese tormento (“Dios da las fuerzas necesarias”); o que el ejemplo de esa niña conmoviera da tal modo a miles de personas de todo el mundo que pidieran su intercesión para consolar sus propios sufrimientos; o que su testimonio haya sido declarado de interés espiritual por la iglesia y se haya abierto su proceso de beatificación.

 

Cada diez minutos

 

Y es que la historia de Alexia no es fácil e asimilar si no es desde la fe profunda y el más puro amos a Dios. Nacida en 1971, en el seno de una familia profundamente religiosa (miembros del Opus Dei), fue una niña alegre, inteligente y activa. En Madrid, donde estudiaba, o en Soutelo de Montes, donde pasaba los largos veranos de entonces, siempre vivió rodeada de cariños de sus padres y hermanos mayores, y de un ambiente feliz, divertido, muy familiar y muy viajero (cada año realizaban al menos un viaje para conocer otras culturas: Austria, Italia, Tierra Santa…).

 

Su infancia transcurrió entre tebeos de Tintín, su osito Teddy, las sevillanas Platero y yo y el Romance del conde Arnaldos (“Quién hubiera tal aventura/sobre las aguas del mar,/como hubo el conde Arnaldos/la mañana de San Juan”); y también entre oraciones, en la capilla del colegio, donde entraba asiduamente ya desde pequeña. Esa  inquietud por la religión la llevaba a asaltar a su madre con preguntas como: “¿Los ángeles son usados o son propios de cada uno?”.     “De cada uno”. “¿Y puedo ponerle nombre?”. “Claro”. “Pues le llamaré Hugo. Es un nombre perfecto para un ángel”. Momento  a partir del cual Hugo, su ángel particular, se convirtió en su mejor amigo, su confidente, su apoyo y su enlace permanente con Dios.

 

Con los años, Alexia fue creciendo en madurez, en vitalidad y en curiosidad por la vida; le encantaba la música (clásica, sevillanas, Eurovisión), los perros, el deporte, las amigas, las fiestas… Y fue creciendo también en espiritualidad. Pero en febrero de 1984, a los 13 años, su vida se truncó.

 

Conforme  maduraba su fe, también se iba gestando su enfermedad mortal. Comenzó  con unos dolores en el cuello, que fueron agravándose rápidamente. Las radiografías confirmaron el tumor cervical y la columna rota, y fue ingresada para una operación de urgencia. Ante el asombro de los médicos, Alexia se tomó la noticia con pasmosa sobriedad. A pesar  de los fortísimos dolores, de su inmovilidad total y su calvario de nueve interminables meses, no perdió el humor en ningún momento, y mucho menos la fe (“Señor, yo quiero curarme, pero si tú no quieres, yo quiero lo que tú quieras”). Fueron  días muy difíciles, vomitaba cada diez minutos y fue quedándose  calva por el duro tratamiento (“Si me ponéis gorro, que sea con la frase “Soy calva”); aun así, comulgaba cada mañana y rezaba el rosario todos los días al anochecer.

Está aquí el demonio

 

Trasladad a Pamplona, se sometió a nuevas operaciones, una de ellas de 17 horas, pero sacaba fuerzas para seguir disfrutando de las pequeñas cosas de la vida, como los fuegos artificiales de San Fermín. Los médicos quedaban conmovidos con la paz y la alegría que emanaban de Alexia (“No tiene mérito, es que Dios me ayuda”) y empezaron a hacerle todo tipo de peticiones; había más posibilidades encomendándose a ella.

 

Unos días antes de morir, con absoluta serenidad, le confesó a su madre: “¿Sabes, mamá? Quiero irme ya al cielo”. La metástasis empeoró repentinamente y el demonio hizo acto de presencia de forma inesperada) Alexia suponía un trofeo de altísimo nivel); mirando a un hueco entre sus padres y sus hermanos dice con pasmosa naturalidad: “Hugo se ha ido. Es que está aquí el demonio”. En otro momento habla de una cara “fea”, pero no se asusta: Dios está con ella, y no hay lugar para el mal. La mañana del 5 de diciembre de 1985 le susurra a su madre “van a venir por mí”. Unas horas más tarde Alexia falleció.

 

A partir de ese instante, su fama de santidad se extendió de manera espontánea por los cinco continentes, y llegan miles de peticiones de estampas e intercesiones. El padre Apodaca lee su historia y hace ver a sus padres la obligación moral de cometer el ejemplo de la vida de Alexia a “la autoridad eclesial”. Presentan el caso al arzobispado de Madrid, de donde pasa inmediatamente a Roma. El proceso de beatificación se abre en 1993. Pudo haber sido una niña normal, como cualquier otra, pero a través de su enfermedad Alexia fue llamada a una vida más grande, más luminosa. Una vida que, en palabras de su madre, “ha sido un don de Dios”. O como recuerda el título del documental que ahora se estrena (13 de mayo); la verdadera historia de una adolescente que miró a Dios cara a cara.

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Publicado por en 28 mayo, 2011 en Vidas ejemplares

 

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